Puso la mano encima de aquel recuerdo y, muy despacio, como si quisiera ser una ola que se agarrara pegajosamente a la orilla de la playa, avanzaba palpando en una caricia, luego retrocedía palpando otra vez. La piel etérea, debajo de sus dedos, temblaba con cierta ternura o cierta rabia, quizás.
Tenía forma de torso aquel acantilado de la memoria; un torso blanco, desnudo, picoteado de lunares. Tenía forma de noches y puestas de sol. La luz corría divertida delante de la mano, dejando una pequeña distancia de sombra, burlándose de la inmortalidad de los abismos del alma.
Un óleo del suspiro de una amante “desamada”, una estatua curbilínea y desdibujada, una boca, una loca. Hablar es cosa del silencio; escuchar es cosa de observar.
Cuando aquella figura blanca, semi-deidad, apolíneo mapa del deseo, había querido encasquetarse con dulzura en mitad de su ombligo, el pobre brazo de aquella mano había temblado en su pudor; el pobre cuello, sobre aquel brazo, había entendido el inconformismo de la boca que le pellizcaba; y la pobre cabeza, sobre el triste cuello…
…Aah… la pobre cabeza iba a guardarle un rincón a aquel torso, para siempre, en mitad del olvido.
A veces hay realidades que se aprehenden en la más absoluta falta de cordura. Y sólo esas veces la aprehensión vale la pena, y sólo esa aprehensión, nos enseña el tiempo, nos da el aprendizaje.