El silencio se apelotonaba en multitudes de bocas cerradas el 5 de marzo de 1960. Una imagen gritó en el objetivo de Alberto Korda; gritó tanto que el fotógrafo quiso arrancarla del momento, sujetarla, desconectar ese segundo de los otros cincuenta y nueve que formaban el minuto sudoroso y apretado de aquel instante. Tenía calor, la espalda tensa y la señora que estaba a su lado ya le había pisoteado por tercera vez el pulgar del pie derecho; chasqueaba la lengua y miraba para todos lados Korda, dónde lo habían metido, qué lúgubre escenario del sofoco.
La pesadilla del día anterior les había reunido a todos allí; estaban juntos para echar de menos, como quien dice, a cien personas. También estaba allí, mordiendo los oídos del recuerdo, el ruido de la explosión, el ulular de las lágrimas, las letras doradas (y ya perdidas) que adornaron, antes de la catástrofe, el cascote del buque (La Coubre). Una tragedia, unos ojos de Guernica, un silencio que quemaba. Fidel Castro daba su discurso (algo de añoranza y lágrimas, algo de revolución y blablabla) y el cielo mostraba su disconformidad con todo aquel asunto; no paraba de llover.
Y entonces gritó aquel fragmento de la vista. Korda tenía muy buen oído y lo oyó acercarse. “Apenas estuvo ahí medio minuto”, diría el fotógrafo muchos años después. Esa imagen de medio minuto, cuando hubieran pasado esos “muchos años después” no sería una imagen: sería un símbolo.
El Che se acercaba a la barandilla del estrado; miraba a todos y a nadie. Pensaba quizás en el temblor de tantas gentes, o en el miedo a la nada en la que se habían sumergido los cien que no estaban. O escuchaba un discurso que se alejaba entre el aire acuoso, o sabía que el mundo, a pesar de todo, se movía. Lo cierto es que su boina negra, su estrella dorada de comandante rebelde, su pelo revuelto y la expresión del rostro formaron un conjunto chillón que atrajo a un fotógrafo escondido entre las miles de cabezas; nacieron dos fotos que darían mucho que hablar.
Se vendieron, como se venden los sueños. Camisetas, banderas, colores; se formó un universo de desfiles de monedas alrededor de una imagen. Al principio era un dios, luego sólo fue una marca, un dibujo, un conejito play-boy. Se multiplicaron los años y las monedas. Se olvidaron las personas del funeral de La Coubre, el discurso de Fidel Castro, los ojos brillantes de Alberto Korda. Se olvidó todo, como en un Macondo de García Márquez, revuelto en un torbellino infinito de quinceañeros que desconocen.
¿Todo perdido? Casi todo. Aún, si queremos, podemos recordar.
Es genial tu entrada sobre este “conejito play-boy”!! y la canción… magistral! xDDD
Un saludo