La cámara parió un grito. El grito más grande, el dolor más duro. La espalda quemada, la desnudez que llora. La cámara también lloró.
El circo del napalm se deslizaba desde el cielo. Abría una enorme carpa, o una enorme red, una telaraña invisible. Atrapaba, mordía, atravesaba. Viejos, viejas, niños. Cabezas, piernas, pieles. Nada importa, todo vale.
Corre Kim Phuc, huye. Corre, asfíxiate, aprende. Sé no más que una suma, no una niña, sino un número. Sé no más que una más. Sé simplemente un cadáver, un cuerpo, una posibilidad de mujer. Te tocó a ti, a todos, quién sabe cuántos, quién sabe miles, quién tiene la certeza de contar los muertos. Y tú no pienses, acuérdate de tus hermanos, de tus primos, de tus abuelos. Qué de ellos, qué de ti. Tú no sueñes, no rías, no llores, no juegues; huye, Kim Phuc, corre.
Que en el justo instante del qué pasa, del alarido, de dónde estoy y por qué. Que en ese momento de no sé, de qué es, de qué no; justo entonces será cuando tú, niña de Vietnam, una entre millones, terror de la historia, temblor de nuestra memoria, nacerás de una cámara.
Nacerás desnuda, sin ropa ni piel. Con fuego. Con miedo. Con grito. En tus ojos se repite lo mismo; recuerdan a otros siglos, recuerdan a otros ojos. En tu boca se desparrama la histeria, se derrite el secreto de El grito de Munch.
Y el padre de tu foto, las manos que tiemblan, el único que te conoce; el Publitzer de años más tarde, que quiso retratar no Vietnam, no EEUU, sino la vergüenza. Esos ojos que te lloraron, esos brazos que te llevaron a un hospital. Ese, y no otro, el 8 de junio de 1972 quiso reprochar a Vietnam del Norte y a Vietnam del Sur, autómatas que se asesinan, con una foto.
“ Mi hermano creía en el poder de las fotografía; me decía, si el mundo ve lo que está sucediendo en Vietnam querrá poner fin a la guerra”. 
La foto de Nick Ut horrorizó al mundo, pero el mundo nunca puso fin a la guerra.
Puso la mano encima de aquel recuerdo y, muy despacio, como si quisiera ser una ola que se agarrara pegajosamente a la orilla de la playa, avanzaba palpando en una caricia, luego retrocedía palpando otra vez. La piel etérea, debajo de sus dedos, temblaba con cierta ternura o cierta rabia, quizás.
El Chinolope vendía libros y lustraba zapatos allá en la Habana.
Marruecos expulsa al fotógrafo Rafael Marchante del país.
El silencio se apelotonaba en multitudes de bocas cerradas el 5 de marzo de 1960. Una imagen gritó en el objetivo de Alberto Korda; gritó tanto que el fotógrafo quiso arrancarla del momento, sujetarla, desconectar ese segundo de los otros cincuenta y nueve que formaban el minuto sudoroso y apretado de aquel instante. Tenía calor, la espalda tensa y la señora que estaba a su lado ya le había pisoteado por tercera vez el pulgar del pie derecho; chasqueaba la lengua y miraba para todos lados Korda, dónde lo habían metido, qué lúgubre escenario del sofoco.